Tenía 18 años cuando a mi mamá Olivia le diagnosticaron cáncer. Cuatro años después, en 2008, ella partió. En ese dolor descubrí algo que ningún libro me había enseñado: mi mamá no se había ido.
Los mensajes comenzaron a llegar — del Cielo, de ella misma, de seres de luz. Descubrí que la muerte no es un final: es una transición. Y esa revelación no solo me transformó a mí. Se convirtió en mi misión.